Posteado por: alorenzodiariodeaprendizaje | abril 28, 2010

Imágenes de intolerancia: ¿nos pueden volver personas más críticas, solidarias y librepensadoras?

Si bien el interrogante podría plantearse a la inversa, esto es, ¿una persona crítica, solidaria y librepensadora puede tener más puertas abiertas a la tolerancia?, no parecen existir dudas sobre la conveniencia de estimar la contextualización y circunstancias concretas, no pudiendo reducirse el análisis a una simple cuestión conductista de causa-efecto. Una imagen produce una determinada huella en función de las imágenes que le siguen y preceden y, en esta ocasión, cabe la posibilidad paradójica de que la repetición de imágenes de intolerancia, aisladas de un mensaje adecuado, consiga crear una especie de tolerancia a la propia intolerancia, por tanto se corre el riesgo de caer en la más abyecta insensibilidad. Una imagen de intolerancia puede ser un paso al frente hacia el librepensamiento o, si no se utiliza debidamente, un paso atrás. Convenimos en el extraordinario poder de la imagen para producir sugestión, pero este poder está condicionado a diversos factores: uno de ellos es la capacidad expresiva de la propia imagen y su posición en una secuencia temporal, otro el entorno en el que tiene lugar su exposición y otro el conjunto de valores y características que definen a la audiencia receptora. Así, podríamos entender que una misma imagen o sucesión de ellas pueda tener efectos diferentes.

El espíritu crítico se forja, efectivamente, desde la tolerancia, pero a través de un ejercicio vital de autorreflexión, parte de un proceso en el que interviene la lógica y la moral autónoma. En ese sentido el visionado de imágenes de intolerancia no produce por si mismo, de manera directa, personas librepensadoras dotadas de un espíritu crítico y solidario, sino a través de la activación de un mecanismo complejo en el que tenga lugar un discernimiento reflexivo que permita la distinción entre lo justo y lo injusto, entre lo conveniente y lo inconveniente.

Ver imágenes cuyo contenido sea pródigo en distintos niveles de intolerancia, efectivamente, puede incitar a la reflexión y, por ende, favorecer una dinámica de solidaridad y espíritu crítico, si al tiempo tiene lugar un contraste con otro tipo de imágenes donde se enaltezcan los valores de la tolerancia y el respeto al amparo de un conjunto de valores éticos. La sola presencia de imágenes de intolerancia, huérfanas de un discurso que las justifique, repetidas hasta la saciedad, puede llegar a debilitar los fundamentos de un pretendido espíritu crítico y, por tanto, contribuir a la formación de una mentalidad escéptica, insensible e insolidaria ante ciertas situaciones. Algo similar sucedería si sólo hubiese espacio para las imágenes edulcoradas de una realidad construida desde la ficción de una sociedad sin fisuras, en la que no tiene lugar la injusticia. La tolerancia y la intolerancia son dos caras de la misma moneda, dos facetas de una realidad, que no pueden separarse con facilidad. El saber ponderarlas buscando el equilibrio que tienda a reducir la intolerancia a la mínima expresión, depende de la adquisición de un espíritu crítico que sólo puede alcanzarse desde la comprensión de una realidad compleja, de la que forman parte imágenes de tolerancia y de intolerancia.

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